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El Presidente y el Discurso Ético de los Chilenos
08-07-2011

Marcel Thezá realiza un análisis político y social de los resultados de las últimas encuestas de opinión pública dadas a conocer en los últimos días

Las encuestas de opinión aparecidas en los últimos días y horas en nuestro país permiten inevitablemente lecturas diversas. La primera, que es la que habitualmente más interesa a los medios de comunicación dado su impacto inmediato, muestra drásticas cifras de desaprobación en relación al sistema de partidos, a las instituciones de la democracia, y particularmente al desempeño de un gobierno que formuló y desarrolló su discurso en torno a la idea de una nueva y mejor forma de conducción del Estado.

Observar las encuestas desde esta perspectiva ha implicado, en el último semestre, formular toda suerte de hipótesis y también conjeturas sobre las oscilaciones que tendrán a futuro los porcentajes de aprobación del Presidente y su gabinete y sobre los momentos y acontecimientos que pudiesen eventualmente permitir que esta tendencia pueda reorientarse hacia niveles más positivos.

Un segundo tipo de observación sobre las encuestas nos debiese obligar a mirar “más profundo y más lejos”, preguntándonos por qué en tan poco tiempo se ha producido este fenómeno de una desafección tan intensa con un gobierno elegido precisamente para restablecer un entusiasmo perdido en los últimos años de administración concertacionista.

Hay que buscar, por lo tanto, buenas explicaciones de este fenómeno, más que especular sobre los puntos que obtendrá el gobierno en las próximas mediciones, o bien sobre el futuro de los pre-candidatos presidenciales.

Desde hace más de dos décadas, tanto estudios como encuestan han ido contribuyendo a bosquejar la fisonomía sociocultural de Chile. Esta fisonomía nos muestra un país cuya sociedad se ha tornado más individualista, menos cohesionada, menos participativa, más desconfiada y menos entusiasta con la democracia. Todo lo anterior si nos comparamos con el promedio de países de América Latina.

Este cambio en nuestra “forma de ser” como chilenos se inscribe además en un contexto macroeconómico de estabilidad y relativo crecimiento, donde el discurso de confianza en el mercado y en las virtudes y potencialidades de la autonomía han tenido efectos muy claros en nuestro comportamiento y en nuestra forma de mirar la política.

De esta combinación entre escepticismo frente a lo público y super valoración del espíritu emprendedor, perfiles como los del Presidente y sus ministros debiesen no sólo ser aceptables, sino también deseables. Sin embargo, por algún motivo esto no está sucediendo.

Las explicaciones pueden ser múltiples, pero es interesante poner atención en un hecho particular: la valoración que las personas están haciendo de la igualdad como valor ordenador del funcionamiento de la sociedad (ver encuesta CERC, julio 2011). Los chilenos, teniendo que elegir entre la libertad individual y la igualdad, en 1990 (en pleno proceso de reinstalación democrática) se inclinaban a favor de la libertad personal (49% v/s 47% de la igualdad), pero hoy (julio 2011) un 72 % se inclina a favor de la igualdad.

Si a esto le sumamos la importancia que los ciudadanos asignan a las políticas públicas que son pilares de la inclusión (educación, trabajo, salud) – políticas frente a las cuales son críticos por su ineficacia -, vemos que a pesar de la orientación individualista de nuestro cambio cultural de las últimas décadas, todavía existe en Chile un discurso ético sobre la igualdad que además pareciera ser cada vez más intenso.

Esto implica que mientras en el país se afirma que existen condiciones objetivas que debiesen fortalecer la confianza y la satisfacción con los frutos de nuestro modelo de desarrollo, el sentimiento de la gente no funciona con esa mecánica.    

Las encuestan precisamente demuestran que las personas están irritadas por las desigualdades y su sentimiento de incertidumbre no está asociado a la percepción de que al país le vaya a ir mal a futuro en el plano económico, sino más bien al hecho de que los beneficios de ese eventual éxito van a seguir llegando a un grupo cada vez más limitado de personas. La decepción con el actual gobierno, por cierto entre otros factores, responde al sentimiento de que este proceso de desequilibrio social se ha ido agravando durante la actual gestión.

Si el Presidente Piñera quisiese aumentar su popularidad observando lo que las encuestas dicen en su fondo, tendría que implementar políticas que respondan precisamente a los requerimientos de este discurso ético. Sin embargo, adoptar esta actitud inmediatamente lo desplazaría del campo de visión que su propio mundo político tiene de la sociedad chilena y de las políticas que son pertinentes,   cuestión más que evidente si pensamos en la forma como ha sido abordado el actual conflicto de la educación.

Por tal motivo, no existiendo atributos personales que proyecten una excesiva confianza en el Presidente, es presumible que esta tensión entre discurso ético de la sociedad v/s discurso político del gobierno, lo acompañará hasta el final de su mandato.


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